sábado, 25 de junio de 2005
No es sólo un ascenso a Segunda B, un logro así no llena un estadio para 30.000 personas, un objetivo tan modesto no congrega a miles de personas en las calles para aclamar un equipo. El Oviedo y su afición explotarán esta noche con el júbilo de quien se ha visto muerto y disfruta de una una nueva vida. Es el primer éxito deportivo de la entidad tras superar con éxito la amenaza económica de desaparición, son los primeros acordes del cántico Volveremos , con el que los incondicionales azules alentaron a sus jugadores y se animaron entre sí mientras arropaban al equipo en el barro de Tercera División. Es también, la primera gran fiesta de un estadio que parecía maldito desde su inauguración en el 2000.

El Oviedo se presenta en el último partido de la temporada con una ventaja de cuatro goles (1-5) lo suficientemente amplia como para que el Avila, el último obstáculo de la temporada, sea un invitado a la fiesta más que un rival al que temer. Es una eliminatoria a doble partido y la historia del fútbol recoge el suficiente número de sorpresas con un resultado así como para que Antonio Rivas y sus jugadores dediquen su máxima concentración al partido. Pero esa incertidumbre deportiva no hace sino fijar la hora de la gran celebración: cuando el árbitro señale la finalización del encuentro.

La ventaja adquirida en Avila permitirá al oviedismo vivir el partido con alegría desde el primer minuto, durante todo el día. En realidad, los primeros festejos comenzaron el domingo pasado en el campo Adolfo Suárez de la ciudad castellana. Con el equipo empeñado en despedir la temporada con otra victoria, las gradas se entregarán a la fiesta. Un trabajado tifo dará la bienvenida instantes antes del comienzo del partido a un estadio que se presume casi lleno. El ritmo de retirada de entradas hace presagiar un aforo entre 25.000 y 28.000 personas si el tiempo acompaña.

En ese Tartiere casi lleno se encontrarán aquellos socios que se apresuraron a pagar sus cuotas en el verano del 2003 sin saber si el equipo desaparecería y que llegaron a 10.000 en pocas semanas; animarán aquellos que no se han perdido ni un sólo partido desde entonces, en casa ni fuera, en Ponferrada, Benidorm, Amurrio, Andés o El Berrón; cantarán en un estadio volcado los que se han matado a buscar dinero con rifas, rastrillos, urnas y demás ingenios; aplaudirán a su equipo los que asombraron a toda España en una manifestación por las calles de Oviedo contra una campaña encaminada a buscar la desaparición del club; cantarán los goles aquellos primeros acreedores asturianos que renunciaron a sus derechos de cobro públicamente para facilitar el éxito de la suspensión de pagos, los empleados que trabajaron sin cobrar, o los patrocinadores que apostaron por el club cuando sufrían amenazas por apoyar a la entidad.

Pero en el Tartiere casi lleno de esta noche habrá más gente, se darán cita aficionados que dejaron el acudir al fútbol desengañados y que hoy quieren disfrutar del éxito de su Oviedo, aunque sólo sea un día, pero de los que el club también necesita si quiere seguir su progresión hacia la elite en los próximos años.

Nadie como esa masa social para entender el esfuerzo de un equipo capaz de sobreponerse al tremendo varapalo que supuso fallar en el intento de ascenso de la primera temporada. Antonio Rivas maduró en el Oviedo como futbolista y lo ha hecho como entrenador. Le encargaron el marrón de acabar la temporada del descenso de Segunda, de comenzar en Tercera sin pagarle, sin dinero para fichar, sin jugadores, sin campos para entrenar, ni agua para las duchas. En esa precariedad logró convencer a un grupo de futbolistas de un proyecto al que todo el mundo daba por muerto. Lo hizo él, su ayudante Pedro, y un núcleo de canteranos como Diego Cervero, capaz de firmar en blanco, jugar sin cobrar y tatuarse a fuego en el pecho el escudo del Oviedo. "No sé si tendré calidad para jugar en Segunda, pero juro que no descansaré hasta ver a este equipo en Segunda B". Ese pensamiento de Cervero se hará esta noche realidad porque junto al delantero hay tipos como Michu, capaz de decir no al Real Madrid porque quiere jugar en el Oviedo, sólo quiere vestir la camiseta de su equipo. De ese espíritu se ha empapado un grupo de futbolistas, unos canteranos y otros llegados de fuera, que se han sabido identificar con una afición que nunca pidió calidad, sólo honestidad y complicidad.

Ese equipo que comenzó entre penurias y con seis puntos menos la Liga del 2003-2004 llegó a pelear el ascenso en un último partido contra el Arteixo. De aquella enorme frustración nació la conjura entre equipo y afición de lograrlo en el siguiente intento. Y resultó más difícil porque la ansiedad exigía el ascenso en octubre, en diciembre y en marzo. Rivas, sobre todo Rivas, y sus jugadores supieron sobreponerse a esa presión y dar lo mejor de sí mismos en el partido clave, en Avila, y preparar una gran fiesta al regreso.

Toda la tensión, toda la frustración de dos años muy duros para el equipo y para su afición se convierten esta noche en una explosión de júbilo, por eso hoy se celebra mucho más que un ascenso a Segunda B.
Publicado por LUNA-DE-SIERO @ 13:46  | REAL OVIEDO
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